Odio.
Odio todas y cada una de las veces que te apareces en mis sueños. En las que el viento arremolina tu pelo.
Odio.
Odio el momento en el que te conocí y el instante en el que no te puedo olvidar. Odio desde la primera la palabra de tu nombre hasta la última de mi apellido.
Odio el que mi mente te recuerde, el no poder sacarte de mis pensamientos, que tu risa siga reflejada en mi sonrisa, tu alegría y tu tristeza.
Odio la forma en la que has dejado que se erosione todo, los momentos en que con la sangre fresca de mi muerte aun presente tú ya estés buscando sustituto a tus romances. Este juego al que me vi obligado a jugar y que nunca tuve oportunidad de ganar. El haber depositado mi confianza en una persona que ahora me resulta extraña y hace nada era algo más de mí.
Odio la forma en la que juegas con los sentimientos de las personas, en las que el egoísmo prevalece, donde el sentimiento de culpa no existe, donde el cariño es algo de risa y el placer gana o pierde terreno como la marea en la playa.
Pero sin duda lo que más odio es que soy tan idiota que aún tengo esperanzas en poder dejar de odiar.
Simplemente odio…
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